Fot?grafos famosos


CRONISTAS DE LA MEMORIA” Almoradí A Través De Sus Fotógrafos

AERS, David y BECKWITH, Sarah (eds.), Hermeneutics and Ideology: Reading Medieval and Early Modern Texts, The Journal of Medieval and Early Modern Studies, 33.2 (2003).

Ayudó a que me entendiera con el chico de los focos, dio ideas para la composición de las fotos y lo hizo todo un poco más fácil. Sé que la invité a tomar algo al terminar y que ella tenía un compromiso esa misma noche al que, dejó caer, iba a ir sola. Esa noche tomamos una copa en una fiesta privada y la mañana siguiente nos encontramos en una estación de tren para ir a ver el bosque de bambú en Kioto, a una hora de allí, donde la besé por primera vez. Ella viajaba bastante a Tokio por cuestiones de trabajo y yo la acompañaba a hacer fotos.

Una semana después de conocerla yo ya tenía un apartamento alquilado en Osaka, contratado un curso de fotografía de moda y planes para quedarme toda la vida allí si hiciera falta. En cuestión de semanas la vida se aceleró y fuimos una pareja como si nunca hubiéramos tenido opción de ser otra cosa. Estaba tan a gusto con ella que el sexo era lo de menos, aunque me pusiera duro contra su cuerpo solo con un beso en los labios. Aquel día fui a recogerla a una estación cercana a mi casa, después de unas sesiones de fotos. No le hablé de Hugo con toda la intensidad que habíamos vivido en el último año en Madrid.

Chris no dejaba de decirme que estaba loco, entre risas, e insistía en que para acostarme con ella no hacía falta casarme antes. Se pasó muchos meses repitiendo aquella broma, porque lo que quería eran detalles del sexo con Haruko y jamás desvelé ninguno. Nunca pensé que yo me casaría, pero creía que, si en un hipotético caso lo hacía, él estaría a mi lado como el hermano que era. No le hablé de Alba, ni de que me enamoré de ella pero sobre todo del ideal de tenerlo todo en una misma relación.

Creo que le eché más de menos a él que al resto de mi familia, porque mi madre estaba entre horrorizada y encantada, mi padre creía que me había vuelto loco del todo y mis hermanas me trataban como si aquella boda fuera la enésima muestra de la extravagancia en la que había convertido mi vida desde que inicié mi viaje. Los siguientes meses fueron especiales, porque estaba conociendo a la persona con la que me había casado en un orden inverso. Y fue genial darnos cuenta de que, a pesar de habernos precipitado con aquella boda, estábamos hechos el uno para el otro.

Y entendí algo entonces… algo que hizo que comprendiera ciertas cosas que antes no tenían sentido para mí. Entendí a Hugo y su necesidad de tener algo, como lo que sentía por Alba, solo para él mismo. Gabi estaba exultante; la muy puta parecía que había ido de visita al hospital a ver a alguien, no que acabara de sacar por sus bajos una cabeza humana. Hugo parecía preocupado por si estaba fingiendo estar bien, pero siempre traté de ser muy comunicativa con él sobre este tema.

Incluso el médico me dijo que podía buscar quedarme embarazada de nuevo en unos meses sin ningún problema, pero mi manera de enfrentarme a aquello fue atrasar esa decisión hasta que todo mi cuerpo me pidiera ser madre. Y es que creo que antes de enterarme de que estaba embarazada… nunca habíamos hablado sobre el hecho de tener niños. Por aquellas fechas Hugo apareció un día con un sobre para mí. Dentro había una reserva de fin de semana para un hotel con spa y me extrañó, porque no me lo imaginaba metido en una piscina de burbujas, por muy lord” que se pusiera para vestir la mesa.

Lo acusé de querer montárselo con las dos a la vuelta, aprovechándose del sentimiento de agradecimiento por nuestra parte, pero lo hice entre risas, completamente alucinada por el detalle. Eva se vino arriba cuando se lo conté y se lanzó a expresar, en un monólogo de quince minutos, lo mucho que quería a Hugo y todos y cada uno de los detalles por los que era el hombre de mi vida. Y fue un fin de semana genial en el que nos bañamos en el spa, nos hicieron masajes, la manicura, la pedicura, cenamos como cerdas, bebimos como animales y vimos películas moñas en el ordenador portátil de mi hermana.

En el minuto que tardó en abrir se me ocurrieron doscientas mierdas horribles que podía haber aprovechado para hacer aquel fin de semana y casi todas implicaban a un harén de mujeres desnudas comiéndole el rabo. Me metió en la habitación de invitados y me susurró al oído que me quería antes de deshacer el nudo de la venda que tapaba mis ojos. Y después de pestañear un par de veces, cegada por la luz de unos focos nuevos en el techo… allí estaba. Cuando me fui, aquella habitación tenía una cama grande, una cómoda en un rincón y dos mesitas de noche.

Y ahora, frente a mí, tenía un vestidor completo, de madera de haya, con un espejo de cuerpo entero, un sillón en el centro, sobre una alfombra preciosa de color malva y los armarios vestidos de pies a cabeza para cualquier mariconada que se os pueda ocurrir. Tanteó con su polla totalmente dura y de un empujón se metió dentro de mí. Gemí con los ojos en blanco.

Me abracé a su pecho y la saliva casi no me pasó por la garganta a través del nudo de nervios que se había instalado allí. Me desabroché el cinturón y lo saqué por las trabillas del vaquero para dejarlo después enrollado en un cajoncito con compartimentos pequeños. Empujó de nuevo deslizándose por mi humedad e impuso un ritmo suficientemente lento como para que no fuese un polvo más y suficientemente rápido como para volverme loca de ganas. La respiración agitada de los dos funcionaba como banda sonora en la habitación.